Cuando hablamos de economía digital casi siempre pensamos en tecnología: inteligencia artificial, comercio electrónico, pagos digitales, plataformas, automatización o análisis de datos.
Pero la tecnología es solamente una parte de la transformación porque hay otra menos visible: las instituciones que deben acompañar, ordenar y representar una economía que está cambiando mucho más rápido que las estructuras tradicionales creadas alrededor de ella.
Hace apenas una década resultaba relativamente sencillo identificar dónde estaba una empresa, qué vendía, a qué mercado pertenecía y hasta qué tipo de organización podía representarla. Hoy las fronteras son mucho menos claras.
Una pequeña empresa hondureña puede vender por internet, cobrar digitalmente, utilizar inteligencia artificial, contratar servicios en la nube y colocar sus productos fuera del país sin necesidad de parecerse demasiado a la empresa tradicional que conocíamos.
Y junto con las oportunidades llegan nuevas preguntas.
¿Quién protege los datos? ¿Cómo enfrentamos los riesgos de ciberseguridad? ¿Qué reglas necesita el comercio digital? ¿Cómo incorporamos a las MIPYMES? ¿Cómo formamos talento? ¿Cómo regulamos sin terminar frenando aquello que queremos desarrollar?
Son discusiones económicas, no solamente tecnológicas. Por eso me parece relevante la creación de la Cámara de Comercio Digital de Honduras, una iniciativa impulsada por su fundadora, Adda de Molina, quien ha planteado la necesidad de conectar empresas, emprendedores, academia, sector público, inversionistas y actores tecnológicos alrededor de esta nueva realidad.
El verdadero desafío de la Cámara estará precisamente allí. Si se limita a reunir empresas tecnológicas, será una organización gremial más. Si logra convertirse en un puente entre la economía tradicional y la economía que está surgiendo, puede cumplir una función mucho más interesante.
Porque Honduras no necesita únicamente más tecnología. Necesita entender qué está haciendo la tecnología con su economía.
Necesita saber qué dificultades enfrenta una MIPYME que intenta vender digitalmente; qué barreras encuentran los emprendedores; qué capacidades están demandando las empresas; qué nuevas formas de financiamiento aparecen; qué regulaciones hacen falta y cuáles podrían convertirse, por exceso, en obstáculos.
También necesitamos información. Una de las grandes debilidades de muchas discusiones públicas en Honduras es que comenzamos a regular fenómenos que todavía conocemos poco. Una institución especializada podría contribuir con estudios, datos, observación de tendencias y conocimiento técnico antes de que determinadas decisiones lleguen al terreno de las políticas públicas.
Pero existe todavía otro elemento más importante: la confianza. La economía digital funciona sobre ella.
Confiamos cuando hacemos un pago desde el teléfono, cuando entregamos nuestros datos a una plataforma, cuando compramos algo que no hemos tocado físicamente o cuando contratamos a alguien que quizás se encuentra a cientos de kilómetros.
Sin confianza digital puede haber tecnología, pero difícilmente habrá una economía digital robusta. La creación de esta Cámara coincide además con un momento particular. La inteligencia artificial está acelerando procesos que ya habían comenzado con el comercio electrónico, las fintech, los servicios digitales y las plataformas.
Eso significa que la discusión dejó de ser sobre el futuro. Ya está ocurriendo. Por supuesto, será el tiempo el que determine si la Cámara logra producir resultados concretos y representar efectivamente esa nueva realidad. Las instituciones no se justifican por su nombre ni por su creación, sino por el valor que terminan generando.
Pero la iniciativa de Adda de Molina parte de una lectura acertada: la economía digital ya no puede entenderse como un pequeño sector separado del resto de la economía.
Está atravesando prácticamente todos los sectores. Y cuando cambia la manera en que producimos, compramos, vendemos, trabajamos y competimos, también tienen que cambiar las instituciones que ayudan a organizar esas relaciones.
Honduras necesita más empresas capaces de competir en la economía digital. Pero comienza a necesitar, con igual urgencia, instituciones capaces de entenderla.
