La dimensión de la emergencia sanitaria en la República Democrática del Congo (RDC) cambió nuevamente durante los últimos días. Las cifras oficiales actualizadas al 31 de agosto de 2026 sitúan en 6,041 los casos confirmados y en 2,911 las personas fallecidas, convirtiendo este episodio en el mayor brote de ébola registrado en la historia del país. La magnitud supera ampliamente el anterior récord nacional, correspondiente al brote de 2018-2020, que acumuló 3,317 casos.
El avance ha sido particularmente acelerado. La OMS reportaba el 12 de agosto 4,665 casos confirmados y 2,184 muertes, distribuidos en 54 zonas sanitarias de seis provincias; dos semanas después, el número de áreas afectadas había aumentado a 60, con 5,794 casos y 2,786 fallecidos al 26 de agosto. La expansión hacia nuevos territorios confirma que la transmisión no permanece confinada a los primeros focos detectados en la provincia de Ituri.
Detrás de esta crisis se encuentra una variante poco frecuente: el virus Bundibugyo, una especie de ébola para la cual actualmente no existe una vacuna autorizada ni un tratamiento antiviral específico. Esta característica diferencia el actual episodio de anteriores epidemias dominadas por el virus Ébola Zaire. La vacuna Ervebo, utilizada en campañas contra esa variante, está siendo administrada a determinados trabajadores sanitarios y personas de primera línea bajo mecanismos especiales, mientras se desarrollan ensayos para determinar si puede ofrecer protección frente al Bundibugyo.
La situación geográfica también explica buena parte de la dificultad. Ituri continúa siendo el principal epicentro, con 28 de sus 36 zonas sanitarias afectadas y más de 4,800 casos acumulados hasta finales de agosto. North Kivu aparece como el segundo territorio más golpeado, mientras el virus también alcanza Haut-Uélé, Tshopo, South Kivu y Bas-Uélé. La aparición de nuevos focos en zonas como Biena y Manguredjipa demuestra que la epidemia continúa encontrando rutas de expansión.
A la emergencia epidemiológica se suma una crisis humanitaria que dificulta prácticamente cada etapa de la respuesta. La violencia y la presencia de grupos armados han provocado desplazamientos masivos y dificultan el acceso de los equipos médicos a determinadas comunidades. La OMS informó que desde la declaración de la emergencia internacional se han registrado ataques contra instalaciones y trabajadores sanitarios, mientras las huelgas del personal de salud y las limitaciones de infraestructura también afectan la capacidad para detectar casos, aislar pacientes y realizar seguimiento de contactos.
El peligro tampoco termina en las fronteras congoleñas. La elevada movilidad de personas y las rutas comerciales con países vecinos mantienen abierta la posibilidad de nuevas introducciones del virus. Uganda, que comparte frontera con la RDC, declaró finalizado su propio brote de Bundibugyo en julio, pero la OMS continúa considerándolo vulnerable a una reintroducción debido a la transmisión existente al otro lado de la frontera. También se mantienen medidas de vigilancia regional para detectar rápidamente posibles casos vinculados con viajeros procedentes de las zonas afectadas.
Frente a esta realidad, las autoridades congoleñas y sus socios internacionales han reforzado la vigilancia epidemiológica, la búsqueda de contactos, el diagnóstico de laboratorio, la atención de pacientes y la instalación de centros de tratamiento. Organizaciones humanitarias también están ampliando su presencia en áreas críticas; Médicos Sin Fronteras, por ejemplo, abrió un nuevo centro de tratamiento en Beni para facilitar una respuesta más rápida. La OMS insiste en que la participación de las comunidades es decisiva, especialmente para combatir la desinformación, facilitar la identificación temprana de enfermos y garantizar entierros seguros.
La velocidad de crecimiento explica la preocupación internacional: la OMS mantiene el brote como Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional y considera muy alto el riesgo dentro de la RDC, debido a la transmisión sostenida, la expansión territorial, la inseguridad, los contagios entre trabajadores sanitarios y la ausencia de una vacuna o tratamiento específico para el Bundibugyo. Aunque cientos de pacientes han logrado recuperarse y las autoridades aún tienen posibilidades de frenar la epidemia, el escenario exige una respuesta mucho mayor y sostenida. Con más de 6,000 casos y cerca de 3,000 muertes, el Congo enfrenta una carrera contra el tiempo para impedir que esta crisis sanitaria alcance dimensiones todavía mayores.