Venezuela vive una de las peores tragedias naturales de su historia reciente, tras el doble sismo de magnitudes 7,2 y 7,5 que golpeó el norte del país el pasado 24 de junio. Las cifras oficiales más recientes elevan el número de víctimas mortales a más de 2.200 personas, con más de 11.000 heridos y un número aún indeterminado de desaparecidos.
Las zonas más afectadas incluyen La Guaira, Caracas y sectores del litoral central, donde edificios residenciales, centros comerciales e infraestructuras públicas colapsaron total o parcialmente. En varias comunidades costeras, barrios enteros quedaron reducidos a escombros, obligando a la evacuación masiva de residentes hacia refugios temporales.
Las labores de rescate continúan de manera ininterrumpida con la participación de equipos nacionales e internacionales. Uno de los casos más emblemáticos es el de Hernán Gil, un vigilante de 43 años que fue rescatado con vida tras permanecer ocho días atrapado bajo los escombros en La Guaira, en una operación calificada como “milagrosa” por los equipos de emergencia.
El rescate fue posible gracias a una operación multinacional en la que participaron más de 100 rescatistas de varios países, quienes lograron mantener contacto con la víctima y suministrarle alimentos y agua mientras avanzaban lentamente entre estructuras inestables. El hecho ha sido destacado como uno de los pocos momentos de esperanza en medio de la catástrofe.
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En paralelo, la crisis humanitaria se profundiza. Más de 15.000 personas han perdido completamente sus viviendas, mientras otras decenas de miles no pueden regresar a sus hogares por daños estructurales severos. En Caracas y La Guaira se han instalado decenas de refugios improvisados, aunque la capacidad de respuesta comienza a verse sobrepasada.
El Gobierno venezolano ha decretado siete días de duelo nacional y mantiene operativos de emergencia para atención médica, distribución de ayuda y evaluación de daños. Sin embargo, la magnitud del desastre, sumada a las dificultades logísticas y la presión internacional, ha generado críticas sobre la capacidad de respuesta y coordinación en la fase de emergencia.