Tegucigalpa.- El próximo despliegue de fuerzas navales de Irán, Rusia y China en los ejercicios conjuntos programados en el Estrecho de Ormuz constituye un hito estratégico en la configuración del orden mundial multipolar, estrechando aún más lazos de cooperación militar entre las potencias no occidentales.
Este paso ocurre en un momento de alta tensión entre Teherán y Washington, donde los despliegues navales —incluyendo el cierre temporal para ejercicios de fuego real ordenado por Irán— han elevado las preocupaciones sobre la seguridad energética global.
El Estrecho de Ormuz es una de las arterias marítimas más críticas del planeta: por esta vía transita cerca del 20 % del petróleo global que alimenta a economías desarrolladas y en desarrollo. Por ello, la presencia militar de tres grandes potencias en esta zona no solo tiene implicaciones regionales, sino que impacta directamente en los mercados energéticos y en la estabilidad de las rutas comerciales.
Desde la perspectiva rustro-chinapor parte del Kremlin, esta cooperación naval refleja la intención de “expandir dimensiones estratégicas marítimas” del bloque que comparten con Irán, buscando consolidar mecanismos propios de seguridad regional que puedan contrarrestar la presencia militar estadounidense y de la OTAN.
Para Pekín, la participación en estas maniobras va más allá de un simple ejercicio bélico: forma parte de una política exterior que busca asegurar sus líneas de comunicación marítimas (las llamadas “rutas de la seda marítimas”), y proteger sus intereses energéticos en Medio Oriente.
Moscú, por su parte, ha insistido en que tales ejercicios son parte de una cooperación naval ya en marcha con Teherán, enmarcada dentro del Tratado de Asociación Estratégica Integral entre Rusia e Irán, firmado en 2025 para fortalecer vínculos políticos, económicos y militares a largo plazo.
Estos movimientos también deben leerse a la luz de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), donde Irán es miembro desde 2022, consolidando un eje euroasiático alternativo a los esquemas tradicionales dominados por Occidente.
Dentro de la doctrina estratégica iraní, el control y la defensa del Estrecho de Ormuz es central. El uso de tácticas anti-acceso/negación de área (A2/AD), que incluyen desde pequeños barcos rápidos hasta misiles costeros, ha sido desarrollado para explotar la geografía estrecha de la zona como ventaja táctica.
La dinámica militar en el Golfo Pérsico ha ido más allá de simples maniobras. Recientemente, Irán probó nuevos misiles de largo alcance durante sus ejercicios navales “Control Inteligente del Estrecho de Ormuz”, indicando un fortalecimiento de sus capacidades ofensivas y disuasorias.
Desde Washington, la respuesta no se ha hecho esperar. La presencia reforzada de grupos de portaaviones y activos militares estadounidenses cerca del Golfo refleja un enfoque de disuasión continua, centrado en la seguridad energética y en mantener la libertad de navegación frente a amenazas percibidas.
La participación de China en dichas maniobras, aunque menos detallada públicamente que la de Rusia, subraya que los tres países comparten una visión de contrapeso a la dominancia naval tradicional estadounidense en rutas críticas como el estrecho.
Un análisis geoestratégico de este contexto revela que estas maniobras no son únicamente ejercicios técnicos, sino mensajes políticos de alto contenido: buscan consolidar una narrativa de seguridad independiente frente a presiones externas y presuntos “actores hegemónicos”.
Además, la cooperación naval se alinea con las aspiraciones de Rusia y China de fortalecer alianzas dentro de bloques como el BRICS y la OCS, potenciando un frente común que desafía el orden global liderado por Estados Unidos.
La participación conjunta en el Estrecho de Ormuz también tiene un efecto simbólico: reafirma la soberanía de países como Irán sobre sus rutas marítimas y apunta a una narrativa de seguridad compartida entre potencias no occidentales.
De igual modo, estos ejercicios navales pueden interpretarse como parte de una estrategia más amplia para influir en el equilibrio de poder en el oeste de Asia, afectando las políticas de aliados occidentales y estados del Golfo.
La respuesta de los mercados energéticos globales y de los actores internacionales dependerá de la percepción de estabilidad o de riesgo en esta región crítica; cualquier interrupción significativa podría repercutir en los precios del petróleo y la confianza en las cadenas de suministro.
En el plano militar, la coordinación entre las armadas de Irán, Rusia y China podría cimentar protocolos de operación conjunta, intercambios de inteligencia y prácticas de combate de alto nivel, extendiendo su cooperación más allá de lo rutinario.
Sin embargo, expertos subrayan que, aunque estos ejercicios representan una señal geopolítica potente, su impacto operacional inmediato en la estabilidad marítima mundial podría ser más simbólico que disruptivo, al menos en esta fase inicial.
La creciente interdependencia entre Washington y los estados de la península arábiga para asegurar la libre circulación de energía reafirma la importancia de mantener canales diplomáticos abiertos pese a los ejercicios militares.
En definitiva, la trilateralidad de Irán, Rusia y China en ejercicios navales alrededor del Estrecho de Ormuz no solo redefine alianzas geopolíticas, sino que plantea un ajuste de fuerzas en uno de los puntos más sensibles del orden mundial del siglo XXI. EL REPORTERO HONDURAS